La belleza está en el ojo del que mira

Paradojas de la vida. Hace escasos tres meses que di a luz mi segundo hijo y como corresponde, estoy como una auténtica foca. O al menos es lo que me dice todo el mundo. No que esté como una foca, evidentemente. La gente que me rodea suele estar bastante bien educada en esto de la diplomacia y el saber estar. Sino que, lo normal es que, habiendo pasado tan "poco" tiempo y tratándose del segundo, tarde un “poquito” más en recuperar la figura (estilizada claro, porque la de rombo ya la tengo). El problema es que lo de “poquito” siempre se hace más largo cuando es propio que cuando es ajeno. Igual alguien debería de encargarse de cuantificar este tipo de adjetivos para que todos sepamos de qué estamos hablando.
Durante el embarazo parecía echarle una carrera a la báscula: a ver quien ganaba, si yo cogiendo kilos o ella marcándolos. Y lo cierto es que debió ganar ella, porque un buen día, cuando superé la cifra que mi autoestima podía soportar, decidí que ya no me volvería a subir a ella hasta que el "proceso de inflado" terminase. Bueno, creo que más que perder, me rendí ante la evidente derrota.
En total debí ganar (está sí que es una buena expresión, como si de un premio se tratase) unos 20 kilos, por que dejé de pesarme cuando iba por los 13 y aun me quedaban lo que todo el mundo apuntaba como “lo peor”. Si lo que llevaba hasta ahora era lo mejor, no quería tener datos de esa otra fase…
Sin embargo, me cruzase con quien me cruzase –menos mi suegra claro, que para esto tiene la sinceridad de un borracho- me decía “se nota que es chico, porque estás muy guapa. Yo con el tercero…. y ahí me contaban su batallita  turno, por que en estas cosas las mujeres siempre tenernos una batallita que contar.” Y yo, en cuanto tenía ocasión iba hacia el espejo para recrearme con esa belleza que parecía haber brotado en mi para encontrarme lo mismo que la última vez que lo intenté: una cara hinchada, ojerosa -porque a la hora de dormir ya no hay postura buena- y, eso sí –lo bueno también hay que reconocerlo- un color envidiable ¡los sofocos constantes hacen absolutamente innecesario, es más, recomendablemente prescindible, el uso del colorete!
El caso es que, como decía al principio, después de tres meses –dos y tres semanas para ser exactos- me sigo encontrando con la gente que me mira y saluda, le hace las carantoñas de turno al peque, me felicita y me dice ¡qué guapa estas! Y yo, toda esperanzada corro a un espejo en cuanto llego a casa para comprobar si por fin se ha obrado el milagro y al final… me encuentro con lo inevitable: esa cara hinchada por esos kilos que no consigues quitarte de encima, unas ojeras que llegan a los tobillos –estos al menos han recuperado su grosor habitual, que no está mal en cualquier caso- y la cara de cansada propia de cualquier ser humano que se levante cada dos horas y media para dar de comer a su bebé.
Sin embargo, agradezco enormemente esos cumplidos. Me hacen disfrutar de esa ilusión el tiempo que tardo en encontrar un espejo, que a Dios gracias no es poco, por que como en el fondo –vale, muy en el fondo- no soy coqueta, lo cierto es que nunca llevo uno encima. Como sugerencia les diría que, para que sea una buena obra de verdad, pueden decirme este tipo de cosas, por ejemplo, cuando comience a hacer la compra en el súper, o cuando esté sacando al perro o en estas situaciones en las que el espejo más cercano esté, por lo menos, a media hora de distancia. Para amortizar la ilusión digo.    


1 comentario: