Mi perra está en celo, sí señor. Y la pobre anda como alma en pena con ese “nosequé” encima que no la deja vivir.
Unas doscientas veces al día me pide permiso para salir al jardín. No, mi perra no habla. Es una perra al uso que lo único que hace es sentarse en la puerta del jardín para que yo se la abra y que ella pueda salir.
Una vez fuera, se sienta en la puerta de la verja esperando quizás a que algún galán canino pase por allí y entre para hacerla un favorcito.
Tras un largo rato -en ocasiones llegó incluso a estar más de una hora de reloj- desiste y entonces repite la operación pero a la inversa. Se sienta en la puerta de acceso a la casa a espera de que yo la abra para poder entrar. He de decir que conmigo tiene menos paciencia que con su supuesto Romeo, ya que si en los siguientes dos minutos no me he asomado a la puerta y no la he abierto, me dedica un ladrido lleno de indignación y premura.
Una vez dentro, recorre la casa para ver si es que su Don Juan ha entrado a buscarla por algún acceso secreto y cuando comprueba que no está por allí, vuelve al ritual del jardín.
La pobre está tan intensa y repetitiva en esta operación que a veces me dan ganas de salir yo misma a buscar a ese impresentable que ha dejado a mi perra plantada, tan necesitada como está ella. Pero cuando la visualizado preñada y venga expulsar cachorros de su vientre se me quitan las ganas y decido abrirla la puerta del jardín por decimonovena vez en la mañana.
Ayer debía barruntar que se encontraba en el día más indicado del ciclo o su desesperación alcanzó límites insoportables, porque la pobre ya no sólo pedía salir al jardín y paseaba por la casa desesperada, sino que, cuando se encontraba en una de sus largas esperas, entonó un aullido más propio de Colmillo Blanco que de mi pobre chuchita de escasos quince kilos. Me imagino que debía ser algo así como un “fumando espero” a la desesperada. Pero nada. El galán de turno no apareció –ya me he asegurado yo de que ni la verja ni la puerta tengan ninguna posibilidad de acceso para esos pervertidos que se quieren aprovechar de mi pobre Lola-.
Y tras tres días de paseos desesperados y de repetir una y otra vez el mismo ritual, me he dado cuenta de lo humana de su conducta o de lo canina de la de más de una. Y es que, a alguna que otra conocida–teniendo en cuenta lo que voy a decir prefiero hablar de conocida que de amiga, no vayan a pensar que me relaciono con gente poco decente- recuerdo yo en la barra de un bar esperando a ese perrito de turno que te quite esa necesidad. Y pasar de la barra a la pista –que antiguo suena esto- y más tarde al baño y después a la barra nuevamente esperando a que el galán apareciese con el mismo resultado que mi pobre perra. Y es aquí cuando se cumple aquello de “¡que perra es la vida!”.
¿cuántas veces al año tiene celo y cuánto le dura?
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